Intermitentes

   Se querían a ratos, y no siempre al mismo tiempo. A veces estaban juntos y tenían la mente a kilómetros de distancia. Otras, se pensaban desde lejos y les bastaba con imaginarse. En ocasiones se echaban de menos, pero no en el mismo momento. Y debido a estas circunstancias, no faltaba quien les advirtiera de que esa intermitencia no podía ser amor, pero a ellos les daba lo mismo. Daba igual cómo se llamara aquello que tenían, porque lo único cierto era que ya no podían no tenerse.

Temerarios

     Conducían sus vidas en direcciones opuestas, así que el choque parecía inevitable. Sin embargo, y contra todo pronóstico, ambos redujeron su velocidad hasta encontrarse. Parados en el arcén, contemplan desde entonces cómo los demás pasan de largo unos de otros, y sonríen ante lo acertada que puede ser, a veces, la conducción temeraria.

Dosinda

     Dosinda ya no siente hambre, ya no siente sed: solo siente amor. Se le agarra a las vísceras y le invade el cuerpo, la mente y hasta el espíritu. Las horas pasan lentas mientras ella deambula por la casa hasta que sus pies deciden pararse en seco y su memoria se revela incapaz de analizar hacia dónde iba, en busca de qué objeto entró en la habitación o por qué motivo salió de la cocina. Por eso ha empezado a fijar carteles en la vivienda. “Él no volverá” dice el de la entrada. “Límpiate los besos” le recuerda el del espejo. “Algún día volverán a abrazarte” le promete el del dormitorio.

Ella

   Aquel día todos llegaron tarde: una joven que se enfrentaba a un abominable examen de Química; un hombre que esperaba convencer a su médico de que esta vez sí tenía algo importante; una mujer que esperaba constantemente algo que no llegaba y que tampoco sabía exactamente qué era; unos antiguos amantes ávidos de rincones diferentes… Todos vieron cómo el conductor de la guagua se negaba a continuar. Falta alguien, decía, pero sólo él sabía quién era.