Feliz cumpleaños

El obsequio no era la tarta, ni los globos. Ni siquiera, su cuerpo envuelto en un provocativo conjunto negro. El regalo era todo su ser sin reservas, su esencia sin envoltorio en el que esconderse. Y como un niño maleducado, lo rompió nada más recibirlo.

Microrrelato escrito para la sección ¿Qué ves? de La esfera cultural.

Amiatcompa

Tardaron mucho tiempo para encontrar la palabra que definiera exactamente lo que sentían. No encajaba bien en amor, ni tampoco en amistad. Era algo a medio camino entre una cosa y otra, pero no sabían nombrarlo. Atracción le quedaba demasiado estrecha, y hubiera sido injusto encerrarlo entre sus límites. Compañerismo les parecía muy fría, pasión un poco hueca. “Amiatcompa”, pensaron, “ésa es la palabra justa”. Estaban felices: ya tenían un término preciso que explicara la unión de ambos. Nunca pensaron que mientras tanto se había convertido en otra cosa.

Microrrelato publicado en En sentido figurado.

Silencio

Ya no se escuchan las risas que hasta hace un momento se mezclaban, creando un alboroto compartido entre dos. Las palabras, tomando ejemplo, también abandonaron el dormitorio discretamente. Fuera, en las calles, la vida continúa bulliciosa, pero dentro se ha creado un vacío. El tacto los ha embaucado: desplazando a los demás sentidos, les ha hecho creer a ambos que no existe nada más allá del horizonte de sus cuerpos.

Microrrelato publicado en La Esfera.

Manual de instrucciones

De pequeña solía rogarle a su madre que le contara alguna historia y, después de insistirle mucho, se quedaba tranquila escuchando el mismo cuento de todas las noches. Esa niña tiene hoy un hijo que no para de suplicarle. Al parecer, necesita un juego para un aparato electrónico del que ella no sabe ni para qué sirve ni cómo se enciende. Impotente ante los lamentos del niño, piensa que tendrá que sentarse a estudiar el uso de semejante artilugio y, lo más complicado, el funcionamiento de su hijo.

Microrrelato publicado en La Esfera Cultural.

Mi vida es una cuestión de tiempo

Siempre he sido muy independiente. Por eso nací antes de lo previsto y pasé un mes alejada de mis padres, en una incubadora. Al final me llevaron a casa, donde reiné en solitario hasta la llegada de mi hermano. Con él estuve siempre en guerra hasta que fui a la Universidad. Le brillaban los ojos cuando me dejaron en el aeropuerto.
Obtuve la licenciatura en los años previstos, pero tardé algunos más en encontrar trabajo fijo. Ahora pierdo tiempo explicando qué es ser archivera. Sí, digo a quien pregunta, hay que estudiar para saber guardar papeles en cajas.
 
 
Este microrrelato participó en el I Concurso de Microrrelatos “Tu vida en 100 palabras”  (Asociación Cultural Guenaxa)

Lenguaje corporal

Él sabe de sobra que los gestos delatan a las personas. De hecho, se gana la vida interpretándolos. Su sagacidad al respecto es conocida en el mundo empresarial, aunque también lo llaman algunos particulares. En cualquier caso, actúa un poco como un mago: nunca revela sus trucos. Y es que hay algunos muy sencillos. Le basta ver que una persona responde a una pregunta mirando hacia la izquierda para saber no es de fiar: esa persona miente. 
Desde hace un tiempo, está llevando el trabajo más allá de los límites estrictamente profesionales. Conocedor del misterioso lenguaje del cuerpo humano en general, está adaptando los gestos del suyo en particular para esconder sus infidelidades. Por eso, cuando llega tarde a casa y su mujer le pregunta dónde ha estado, él mira hacia la derecha y se apresura a responder que ha tenido mucho trabajo. Ya, yo también, le dice ella mirando hacia la izquierda.

Retorno

Todos los días repetimos la misma escena. Sentada a tu lado, sosteniendo un plato de comida triturada en una mano y un cubierto en la otra, te suplico que comas. Sé que me oyes, aunque no hay signos de ello en tu mirada perdida, y a veces tengo la sensación de que no me conoces. Trato de convencerte de que abras la boca, pero aprietas los labios y haces de cada bocado una lucha.
Mientras tanto, continúo mirándote a los ojos y trato de encontrar en ellos a aquella mujer que dio a luz a una niña prematura. No sé si lo recuerdas, pero durante un mes fuiste todos los días al hospital para darme de comer. Puedo imaginar los nervios que tendrías al alimentar un cuerpo tan pequeño, tu preocupación por mantenerme viva.
Y después de tantos años, soy yo la que intenta que comas, pero te niegas a hacerlo. Veo cómo tu cuerpo mengua y se hace cada vez más frágil, reducido a piel y huesos. Y ojos. Unos ojos que parecen ver algo que yo aún no entiendo.
Relato publicado en La Esfera Cultural.